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domingo, 20 de septiembre de 2009

DE TORTILLAS Y MILES



(Foto: musicayvino.com)

Los recuerdos a veces son muy puñeteros. Aparecen cuando menos te lo esperas y te pueden alegrar el momento, pero también te lo pueden amargar.

Reflexionaba sobre esto realizando un trote dominical matutino por una ruta que discurre por los lugares de Tabacos y Marulo, cerca de donde vivo.

Como hace poco fue la “fiesta de la tortilla” en la ciudad de los caballeros, iba yo ensimismado en lo absurdo que me parece ir a disfrutar de la tortilla justo cuando menos se va a preocupar el cocinero/a por el producto final. O sea, si el objetivo del negocio representado por uno de los muchos stands es que la recaudación al final de la fiesta haya sido rentable, tendrá que realizar y vender un número de tortillas exagerado, con la evidente repercusión en la calidad de las mismas.

Más de 250 tortillas realizadas y vendidas en dos días, me sopló una de las participantes el año pasado.

En fin.

Y me puse a recordar grandes tortillas que habré degustado a lo largo de mi todavía corta existencia.

Volví a la época del instituto, donde el bocata de tortilla era el santo y seña de los recreos. Allí en Zalaeta recuerdo la del Bar Treus, la del Bar Ríos, con mucho cariño y nostalgia la famosa tortilla del Bar Dinos, en la calle San Roque, al lado de la Plaza de España, que servía el finado Servando…

Más adelante, cuando la economía empezó a permitirme ir a cenar con la pandilla, recuerdo lo deliciosa que estaba la tortilla del “Raxo do Burgo”, las pantagruélicas raciones de tortilla de “A Roda”, las mastodónticas tapas de tortilla de “La Bombilla” en la Calle de la Galera…

Y así fueron transcurriendo los primeros 20 minutos de trayecto a ritmo pastelero, o quizás tortillero.

(Me vino a la mente que el Atleta Gastrónomo debería realizar algún día una entrada seria sobre los grandes templos de la tortilla Betanceira. Lo tendré en cuenta.)

A la vuelta, no sé por qué, pero al ver que iba a 5’ 45” el kilómetro, me puse a pensar en cuanto sería capaz de realizar un kilómetro a tope en estos momentos y esto enlazó con un recuerdo que lo tengo grabado en mi mente a “sudor y fuego”; la vez que fui capaz de correr un kilómetro más rápido.

El día no lo tengo claro, el mes sí. Enero de 1995, pista cubierta de Riazor. Imagino que el entreno que tocaba ese día sería otro. Aquello de entrenar “a distancia” tenía aquellas pequeñas cosas, que podías variar el entreno sin que te echaran la bronca.

No lo hacía habitualmente pero procuraba no variar mucho lo mandado. O sea, lo mismo ese día tocaba 2 series de 600 a tope y me dio por hacer un mil. Sensaciones. Que diría el otro.

Lo tengo por algún lado anotado en alguna de las libretas que guardo de aquellos años. El 800 lo pasé a 1’56” y el mil lo terminé en 2’ 24’’ largos. Más solo que la una, como a mí me gustaba realizar esas cosas.

Hoy en día creo que no sería capaz de bajar de 3’ 20”. Lo normal es que rompiese por 5 sitios diferentes.

…así fui terminando los 45’ de rodaje dominical, entre tortillas y batallitas del pasado.


Nunca he necesitado correr con música y creo que mientras mi cabeza siga maquinando de esta manera, seguiré sin necesitarlo.

Saludos.

sábado, 19 de septiembre de 2009

De playas y Chiringuitos


Reanudo años después el blog del Atleta Gastrónomo. A decir verdad, nunca me fui del todo, siempre tuve en mente la opción de volver y quizás fuesen mis buenos amigos del foro de CeG, Morsatola y Vouamodo, los que me pusieron la puntilla para estar aquí de nuevo.
Reflexiono a menudo y creo que lo que más me gusta en esta vida es hablar de Atletismo y hablar de Gastronomía. Tanto monta, monta tanto. Y los que me conocen bien saben que siempre van unidas. Vive dios.
Pues, me encomiendo a las gastromusas y al espíritu de Filípides para que me inspiren a la hora de transmitir a mis escasos lectores lo que se me vaya ocurriendo. Pinceladas de aquí y de allá que irán surgiendo al mismo tiempo que voy incrementando las entradas en el Blog.
Y comienzo con una referencia al verano ya vivido. Un verano agridulce en cuestiones atléticas y espléndido en experiencias gastronómicas.
Me gusta correr por la playa en verano e invierno, pero es en la época estival cuando más la disfruto. Pocas cosas hay que me agraden tanto como correr una horita sobre la arena dura de una playa, estirar, pegarme un chapuzón y realizar la vuelta a la calma con una jarra de medio litro de cerveza y unos boquerones en el chiringuito más cercano.
¡Que bien vives, cabrón!. Me dijeron una vez.
En mi entorno, la playa que permite cumplir a rajatabla con el encargo es la playa grande de Miño.
1350 metros de playa recientemente acondicionada mediante un alisado de arena que no me acaba de convencer, pero que sigue siendo un paraíso para los que les gusta correr sintiendo la brisa marina.
El "centro de alto rendimiento atlético betanceiro" la utiliza como sede estival pero yo, que soy más de costumbres solitarias, acudo a élla a horas intempestivas, buscando la soledad y la "simbiosis" con un hábitat natural muy placentero.
Y aprovechando las vacaciones estivales, acudí de nuevo a mi querida tacita de plata. La gades de Plinio el viejo. Cai para los autóctonos.
...y allí, todas las mañanas recorro los 6 kilómetros que representan la Playa de la Victoria y su prolongación natural, la Playa de Cortadura. Ida y vuelta.
En Cádiz corro para tener sed, corro para tener hambre, corro para no tener remordimientos después de los homenajes a los que me someto al mediodía y por la noche.
En Cádiz soplan dos vientos, el levante y el poniente. Ambos se retan para ver quien es más noble. Y no sabría decir quien se lleva la palma. Lo que sé es que si sopla el levante, en mi trayecto de ida me voy a encontrar con una muralla de viento superior a los 5m/s, lo que evidentemente hará muy rápida la vuelta. No obstante, lo prefiero a si sopla el poniente, porque volaré a la ida y sufriré como un perro a la vuelta.
Estoy hablando, para ejemplificar, de que si soy capaz de mantener un ritmo de alrededor de 5'30" el km con viento en contra, a la vuelta con el mismo esfuerzo seré capaz de ir a 4'30" sin aparente dificultad. Así es Cai.
Y claro, a Cádiz voy a relajarme y a comer. A comer como el marajá de Kapurtala.
La freiduría "Las Flores" es uno de mis primeros destinos. Cazón en adobo, puntillas, chocos, acedías, etc. rebozadas de la manera en que solo saben rebozar en el sur. Y no me olvido de la gamba blanca de huelva. Mnnnn. Salivo.
Aquí le suelo dar a la Cruzcampo de presión, con doble enfriado. Aunque soy de la santa cofradía de la Estrella de Galicia, creo que en cada sitio debes de adoptar las costumbres propias y esas cañitas de Cruzcampo bien tiradas están QTC (que te cagas).
Por las tardes - noches, me acerco a la ciudad a pasear por sus intrincadas callejuelas y, que casualidad, siempre acabo en el Barrio de la Viña.
Hablar de Cádiz es hablar de este barrio tan emblemático situado al lado de la playa de la Caleta.
Y en el Barrio de la Viña, mi primer destino es siempre "Casa Manteca".
En la barra de Casa Manteca úno es feliz desde que entra hasta que se va. Normalmente, al irte estás feliz y un poco peneque, o sea, doblemente feliz.
Aquí ya me paso a la Manzanilla. La Guita, la Gitana, San León. Sobre todo esta última. Bien fresca.
En el "Manteca" se toman Chicharrones, se toma Jamoncito ibérico del rico, chorizo, queso de la Sierra de Grazalema, siempre en un ambiente que a un gallego de "pro" le hace mantener una sempiterna sonrisa (y a veces unos pensamientos irónicos del estilo "anda que sois de un simpático que..."), pero uno no debe de encabronarse nunca en estos sitios. Sería lo mismo que si un Gaditano llega a la taberna "O Papuxa" en Ribadavia o a la tasca "O Muiño" en Caldas de Reis y se siente un poco marginado. O eso creo yo.
Y del Barrio de la Viña no te puedes ir sin visitar la barra del restaurante "El Faro". Quizás la mejor barra para tapear que yo haya visitado. Y llevo unas cuantas encima.
Ortiguillas, gamba de Huelva, las mejores tortillitas de camarones que se pueden probar en el sur de España, coquinas, Atún de almadraba, etc. Un lujo que siempre debes de acompañar con una copita de manzanilla "San León, reserva de la Familia".
Menos mal que la parada de taxis queda cerca para devolverte sano y salvo al hotel, que sino...
Bueno, una vez arrancado espero que no me gripe el motor a los pocos kilómetros y vuelva a tener el coche en el taller durante varios años.
Salud y kilómetros.